El jardín embrujado

Publicado en por Rosa Doo de la Colina

El jardín embrujado

Don Uriel era un hombre adinerado a quien le gustaba compartir su fortuna con los demás "a su manera".

Le encantaba dejar la reja del jardín abierta, de modo tal que todo aquel que quisiera pasar a jugar a su propiedad pudiera hacerlo con total y absoluta libertad. De vez en vez (sobre todo cuando su salud se lo permitía) salía a contar historias de terror a los chiquillos que jugaban ahí.

Con frecuencia la gente se preguntaba cómo un hombre con tal poder económico, no tuvo descendencia. Era un secreto a voces que cuando Uriel falleciese, el único que podría reclamar sus bienes era su fiel mayordomo.

Edgar (así se le conocía al sirviente en cuestión) era lo que podría considerarse como la otra cara de la moneda. Es decir, odiaba toparse con alguno de los pueblerinos y mucho menos entablar una conversación.

Su avaricia era visible con sólo verle el semblante cuando recogían los cheques que le llegaban a su patrón. El tiempo pasó y una noche de diciembre don Uriel murió.

Lo más extraño del asunto fue la extraña petición que le hizo a su abogado en su lecho de muerte:

"Quiero que mi última voluntad sea leída en la plaza pública".

Tal y como todos esperaban, la fortuna pasó a manos de Edgar. No obstante, hubo una cosa que nunca le perdonó a don Uriel. Y es que justamente la última voluntad hablaba de dejar el jardín abierto para siempre.

Desde luego, dilato más el funeral de don Uriel que el tiempo en que Edgar puso una cerca electrificada y gruesas cadenas para impedir el acceso a su nueva morada.

Los niños que por algún motivo llegaban a acercarse, eran inmediatamente asustados por feroces perros. Sin embargo, en la fecha exacta en la que se cumplió un año del descenso del magnate, mágicamente las cadenas y cercas desaparecieron sin dejar huella.

Eso sin hablar de Edgar. Como don Uriel decía cuando se ponía a contar historias de terror: "Si me desobedecen, vendré yo mismo a llevármelos al purgatorio".

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